1. Concha Méndez


concha1.jpgComo con la familia de Buñuel seguía manteniendo relaciones, un día su madre me llamó para decirme que se encontraba enfermo en París; se me ocurrió que, bajo el pretexto de informarme de su salud, podría llamar a la Residencia de Estudiantes: quería conocer a García Lorca. Llamé: la suerte de que Federico contestara el teléfono me llevó a conocerlo: "Hola —le dije—, habla la novia desconocida de Buñuel". Como era la novia conocida por referencias, le interesé; entonces le di cita una tarde en mi casa. Llegó. Lo pasé al despacho de mi padre [...]. Encendí en el ángulo del cuarto una lucecita, que creaba una atmósfera en claro oscuro. De morado, sobre el sillón azul, sofisticada, le conté las cosas que sabía de la Residencia; todo lo que viví sin vivir durante años. Fui entonces el mundo secreto de Buñuel que de golpe se revelaba ante su mundo. Federico y yo nos hicimos amigos.
En el Palacio de Cristal del Retiro se presentó, tiempo después, una exposición de pintura iberoamericana, en cuya inauguración Federico ofreció una lectura de poemas. [...] Federico recitaba expresándose con las manos; no era sólo de la voz de donde emanaba la poesía, sino de todo su cuerpo. Yo iba vestida con un traje blanco, sin mangas, de seda gruesa, en la cabeza un sombrero de fieltro morado; lo recuerdo porque mientras escuchaba a Lorca, empecé a sudar: "Esto también lo hago yo" —me decía—. Tuve una convulsión terrible. Sufrí tal descubrimiento que me quedé encharcada. Al terminar, le entregué un ramo de flores que había llevado conmigo y las fue repartiendo entre las gentes: "Las regalo todas —me dijo— porque el recuerdo será más hermoso que las flores mismas". Quedé contentísima. Y fue esa noche, al volver a casa, cuando, en silencio, por la alegría, escribí mi primeros poemas.

Bibliografía: Paloma Ulacia Altolaguirre. Concha Méndez, Memorias habladas, memorias armadas
Imagen: Concha Méndez. Dibujo de Manuel Altolaguirre

2. Rafael Alberti


Todo estaba maduro ya para conocer a Federico. La hora, por fin, había sonado. Fue en un atarde de comienzos de otoño. Y fue también Gregorio Prieto, cosa recientemente aclarada por él en una carta, quien me lo presentó. Estábamos en los jardines de la Residencia de Estudiantes (altos del Hipódromo), en donde García Lorca —aspirante a abogado— pasaba todo el curso desde hacía varios años. Como era el mes de octubre, el poeta acababa de llega de su Granada. Moreno oliváceo, ancha la frente, en la que le latía un mechón de pelo empavonado, brillantes los ojos y una abierta sonrisa transformable de pronto en carcajada, aire no de gitano, sino más bien de campesino, ese hombre, fino y bronco a la vez, que dan las tierras andaluzas. (Así lo ví esa tarde, y así lo sigo viendo, siempre que pienso en él). Me recibió con alegría, entre brazos, risas y exagerados aspavientos. [...]
Aquella noche me invitó a cenar allí en al Residencia, en compañía de otros, amigos suyos, entre los que se hallaban Luis Buñuel [...]. Después de la cena, volvimos al jardín, aquel bello recinto custodiado de chopos [...]. Nunca había oído recitar a Federico. Tenía fama de hacerlo muy bien. Y en aquella oscuridad, lejanamente iluminada por las ventanas encendidas de las habitaciones, comprobé que era cierto. Recitaba García Lorca su último romance gitano, traído de Granada:
Verde que te quiero verde...
lorca,_salinas_y_alberti.jpg ¡Noche inolvidable la de nuestro primer encuentro! Había magia, duende, algo irresistible en todo Federico. ¿Cómo olvidarlo después de haberlo visto o escuchado una vez? Era, en verdad, fascinante: cantando, solo o al piano, recitando, haciendo bromas e incluso diciendo tonterías. Ya estaba lleno de prestigio, repitiéndose sus poemas, sus dichos, sus miles de anecdotillas granadinas granadinas -ciertas unas, otras inventadas- por todas las tertulias de literatos cafeteros y corrillos estudiantiles. Sus obras fundamentales de aquellos años aún permanecían inéditas, apenas conocido -Impresiones y paisajes (1918)-, dedicado a su maestro de música, y otro -Libro de poemas (1921)-, bien recibido por la crítica, gustado ya por mí en la sierra de Guadarrama. Poco hablaba Federico de ellos, aunque alguna vez oí recitar canciones del último. Lo que el poeta soltaba entonces a los cuatro vientos eran sus romances gitanos, alternados con cancioncillas sueltas o las coleccionadas bajo el título de Poema del cante jondo. También se comentaban entre amigos dos obras teatrales: Los títeres de Cachiporra y Mariana Pineda. Ambas se las escuché luego. Pero de aquella primera noche de nuestra amistad sólo recordaré siempre "Romance sonámbulo", su misterioso dramatismo, más escalofriante todavía en la penumbra de aquel jardín de la Residencia susurrado de álamos.
-Adiós, primo -me dijo Federico, solos los dos, ya pasadas las doce.
[...] Pocos días después llevé a García Lorca su encargo y algo más: un soneto que le dedicaba. [...] Celebró mi pintura con las palabras y gestos más hiperbólicos. La colgó en seguida sobre la cabecera de su cama, prometiéndome ponerla en igual sitio en su casa de campo de Fuente Vaqueros, adonde, "para que lo pudiese comprobar", quedaba ya invitado a pasar el verano desde aquel mismo instante. En cuanto al soneto...Le gustó, haciéndomelo repetir a esos amigos que siempre invadían su cuarto. Aproveché el momento para decirle unas canciones. Las oyó atentamente. Ya al despedirnos, en el jardín, recuerdo que me dijo: "Tú tienes dos buenas cosas para ser porta: una gran retentiva y ser andaluz. Pero no dejes de pintar".

Bibliografía: Rafael Alberti. La arboleda perdida, 1. Primero y Segundo libros (1902-1931). Editorial: Alianza Editorial

3.Luis Buñuel


Buñuel-Lorca.jpgFederico García Lorca no llegó a la Residencia hasta dos años después que yo. Venía de Granada, recomendado por su profesor de Sociología, don
Fernando de lo Ríos, y ya había publicado un libro en prosa, Impresiones y paisajes, en el que contaba sus viajes con don Fernando y otros estudiantes andaluces.
Brillante, simpático, con evidente propensión a la elegancia, la corbata impecable, la mirada oscura y brillante, Federico tenía un atractivo, un magnetismo al que nadie podía resistirse. Era dos años mayor que yo e hijo de un rico propietario rural. En principio, fue a Madrid para estudiar Filosofía, pero pronto dejó las clases para lanzarse a la vida literaria. No tardó en conocer a todo el mundo y hacer que todo el mundo le conociera. Su habitación de la Residencia se convirtió en uno de lo spuntos de reunión más solicitados en Madrid.
Nuestra amistad, que fue profunda, data de nuestro primer encuentro. A pesar de que el contraste no podía ser mayor, entre el aragonés tosco y el andaluz refinado -o quizás a causa de este mismo contraste-, casi siempre andábamos juntos. Por la noche nos íbamos a un descampado que había detrás de la Residencia [...], nos sentábamos en la hierba y él me leía sus poesías. Leía divinamente. Con su trato, fui transformándome poco a poco ante un mundo nuevo que él iba revelándome día tras día.
Alguien vino a decirme que un tal Martín Domínguez, un muchachote vasco, afirmaba que Lorca era homosexual. No podía creerlo. Por aquel entonces en Madrid no se conocía más que a dos o tres pederastas, y nada permitía suponer que Federico lo fuera.
[...]
Juntos, los dos solos o en compañía de otros, pasamos horas inolvidables. Lorca me hizo descubrir la poesía, en especial la poesía española, que conocía admirablemente, y también otros libros. [...]
Guardo una fotografía en la que estábamos los dos en la moto de cartón de un fotógrafo, en 1924, en las fiestas de la verbena de san Antonio en Madrid.

En el dorso de la foto, a las tres de la madrugada (borrachos los dos), Federico escribió una poesía improvisadaen menos de tres minutos, y me la dio. [...] Dice así:

La primera verbena que Dios envía
Es la de San Antonio de la Florida.
Luis: en el encanto de la madrugada

Canta mi amistad siempre florecida,
la luna grande luce y rueda

por las altas nubes tranquilas,
mi corazòn luce y rueda

en la noche verde y amarilla.
Luis, mi amistad apasionada

hace una trenza con la brisa.
El niño toca el pianillo,

triste, sin una sonrisa.
Bajo los arcos de papel

estrecho tu mano amiga.

Después, en 1929, en un libro que me regal, escribió unos versos, inéditos también, que me gustan mucho:

Cielo azul
Campo amarillo

Monte azul
Campo amarillo

Por la llanura desierta
Va caminando un olivo

Un solo
Olivo.


Bibliografía: Luis Buñuel. Mi último suspiro. Editorial: Debolsillo
Imagen: De izquierda a derecha, Salvador Dalí, José Moreno Villa, Luis Buñuel, Federico García Lorca y José Antonio Rubio Sacristán

4.Juan Gil-Albert


[...] A veces, sobre un tinglado, y a ser posible al aire libre, se disponía el teatrillo ambulante de la Barraca. Su inspirador y jefe era Federico García Lorca que, al igual que sus faranduleros, hacía los viajes vestido con un mono azul [...]. Las capitales de provincia recibían, de paso, la visita de los cómicos de la lengua. [...]. En uno de sus desplazamientos, conocí a Federico. Su nombre comenzaba a estar en todos los labios como sinónimo de alegría, antes de convertirse en reclamo trágico. Digo de alegría en su acepción española, o más concretamente andaluza, y que se refiere siempre a un estar alegre, la juerga, forrado con tal densidad de tristeza, que lo interior rezuma sobre lo exterior y modifica la carátula del que ríe, haciéndola, sin corregirle la mueca de los labios, llorar.

Juan_Gil_Albert.jpg

García Lorca debía haber rebasado, por los años treinta y cuatro-treinta y sies, la treintena, y había perdido ya seguramente esbeltez de talle que su tierra concede a la juventud [...]. No era alto, y aun un poc ancho, de pecho y de cara, quedándole los brazos descolgados y medio curvados en el aire para ser movidos, con soltura, al andar. La cabeza la traía puesta sobre un cuello corto, y un tanto ladeada, con esa disposición medio impertinente que adquiere en ciertas mujeres del pueblo, y que hacía pensar en su madre, al dignidad. Sus rasgos no eran finos, más bien labradores, la nariz corta, los labios entreabiertos, los ojos gachones, y su grado de color era rematado por la presencia de uno o dos lunares surgidos al azar, o como brotes hereditarios, sobre la piel gruesa de la mejilla cobriza. Su cabello lacio estaba peinado, según se llevaba entonces, sin raya y hacia atrás, pero sobre su cabeza plana se le desprendía un mechón, de los lados, hacia las orejas. El nudo de su corbata era grande y flojo, nunca perfectamente centrado, y aunque vestido a la moda, se dejaba ver en sus atuendos ese desajuste del gusto propio de las razas aborígenes cuando hacen la transposición del suyo a los cánones europeos. [...] Hablaba, y mucho más en provincias, como si pontificara, aunque al modo cañí ligeramente pasado por el barniz culto de la Residencia de Estudiantes [...]. Decía frases suamemente acicaladas que parecía dibujar en el aire con su mano morena de analfabeto prodigioso y ponía para ello, una cara muy seria cuando más divertida era su ocurrencia, como si quisiera con ello sacralizar su humor. De la silla saltaba la taburete del piano, tocaba, cantaba, improvisaba, adentrándose en los veneros de su inspiración popular en espera de que la corriente internacional de la fama arrastrara, hasta el último rincón del orbe, el eco de su voz, y estar con él era un mezcla jugosa y picante de asistir, a la vez, a una reunión "vanguardista" y a una merienda con chocolate de señorits casaderas. [...]Federico era andaluz nato poniendo en solfa al mundo. Pero como su vena más que festiva era dramática, la broma en su boca se convertía en puro sarcasmo, viva plasmación de un relámpago verde, de una malevolencia plástica.

Bibliografía: Juan Gil-Albert. Memorabilia. Editorial: Cuadernos marginales 43

5. Isabel García Lorca


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Un día Federico y Manuel Ángeles Ortiz, se presentaron en la calle Real de la Alhambra donde vivía Manuel de Falla [...] y Federico le dijo a éste: "Queremos ser sus amigos. A mí no me interesa más que la poesía y la música, y éste es igual que yo, pero le interesa la pintura". Así nació una gran amistad entre Manuel de Falla y Federico García Lorca.

* * *
Mis recuerdos del tal nombrado Concurso de Cante Jondo quedan nublados en mi memoria [...]. Yo era una niña que veía a Federico totalmente entregado en la búsqueda de coplas antiguas. [...].
De aquellos días recuerdo una letra que Federico repetía una y otra vez:

No quiero comer contigo gallinas ni pavos reales;
quiero comerme unas sopas
con persona que me iguale.

* * *
Juan Ramón Jiménez criticaba bastante a Federico García Lorca, y le parecía muy mal que hiciera teatro -él ni sabía ni podía-; es conocida su frase: "Ahora ha escrito Doña Mariana de Algo" [...]. Una tarde salió en la conversación Bodas de sangre y me di cuenta de que se sabía de memoria eso de "Nana niño, nana / del caballo grande / que no quiso el agua" y casi lo recitó entero. Entonces Federico se quedó sorprendido cuando se lo conté, muerto de risa y, en el fondo, bastante halagado.